Optimismo ante la enfermedad: CANCER


El cáncer puede derrotar a una persona pero una actitud positiva puede ser de gran ayuda. La pregunta ante eso es: ¿qué tan lejos puede llegar?

+ Joel Achenbach - Washington Post - 06.04.2013, 05:00 hs
Emily Notestein, vendiendo sus plantas luego de tener su cirugía por cáncer de mama© WASHINGTON POST - JOEL ACHENBAC
Hace unas semanas llevé a mi madre a comprar una heladera para reemplazar la suya, un artefacto que data desde la presidencia de Nixon. La charla con el vendedor tomó un rumbo sombrío cuando reveló que su esposa tenía cáncer de mama y buscaba curarse a fuerza de la religión. Mi madre escuchaba atentamente, y de repente dijo autoritaria: “¡jugo de zanahoria y arándanos!”

Ella es una gran creyente del poder regenerativo de las frutas y verduras. No rechaza la medicina moderna ni tampoco busca una cura milagrosa rezando o en las terapias New Age. Pero no es una persona interesada en la medicina o la tecnología en general. Prefiere existir en un mundo como en el que ella creció: simple, natural y terrenal.

Ella pasó su vida al aire libre: cultivando plantas, haciendo paisajismo, rodeándose de flores.Usualmente terminaba su día con una cerveza fría debajo de una pérgola en su patio. Ese patio en realidad es una maravilla botánica de 8.000 m2 donde ella y mi padrastro Jim tienen su vivero, arboles cítricos, plantas nativas y altísimos árboles.

El otro día la llamé para saber como estaba. Después de asegurarme que estaba bien, se abocó a hacerme una larga receta para reducir un menor dolor en una pierna: “apunta un pie al Polo Norte y el otro al Polo Sur, agáchate y toca el piso”, me dijo.

A pesar de tener una cantidad de consejos medicinales para otros, ella no habla mucho sobre su propia enfermedad, y nunca se le ocurrió al hablar con el vendedor que ella misma tiene cáncer de mama en fase 3. Éste es el punto clave sobre mi madre: ella no se considera enferma.

Ella es lo opuesto a una hipocondríaca. Nunca pierde una oportunidad en presumir su inusual buena postura y una fuerza física que muchas mujeres de su edad envidiarían. Cuando le pregunté si podía escribir sobre su condición médica, ella dijo: “no te olvides de incluir que le digo a todos los doctores: ‘no soy vieja y no estoy enferma’”.

No se puede cuestionar: tiene una actitud maravillosa y, si se pudiera destilar y embotellar, su disposición positiva se vendería en todas las farmacias del planeta.

Pero una revisión objetiva de la historia médica de Emily Notestein y su actitud sobre la medicina podría indicar que no es una estudiante diligente de su enfermedad, y que demostró ningún interés en buscar tratamientos agresivos cuando ésta apareció. Hay una línea muy fina entre el optimismo y la negación. El poder del pensamiento positivo llega solo hasta cierto punto.

Mi madre tuvo cáncer por primera vez hace dos años; tuvo una tumorectomía y ningún otro tratamiento. Ella insistió que no necesitaba quimioterapia ni radiación ni la combinación de ambas. El cáncer volvió a aparecer en el mismo seno.

En su cumpleaños número 76 le realizaron una mastectomía y le removieron 22 nodos linfáticos.

“Todos fueron muy buenos conmigo”, dijo mi madre esa tarde, todavía mareada por la anestesia. Ella no se sentía mutilada, se sentía como la estrella del show.

La semana siguiente escuchó el análisis patológico y no fue bueno: cáncer en los 22 nodos, oficialmente en etapa 3. Los estudios indicaron que el cáncer se haya extendido más allá de esos nodos. “Es curable”, dijo mi madre, yendo directamente al grano.

Le pregunté a su oncólogo si el cáncer parecía agresivo. “Tiene características de estar actuando rápidamente”, dijo. Y nos presentó el escenario: quimioterapia por 18 meses, luego radiación por 6 más años de terapia hormonal. Mamá podría solicitar una cirugía plástica y luego recibir tres ciclos de citoxan, epirubicin y 5-fluorouracilo por nueve semanas, seguido por tres ciclos de docetaxel por otras nueve semanas.

Mi madre no tomó notas. Le sugerí que investigara minuciosamente sobre su enfermedad. Pero donde yo veía un problema a solucionar, ella vio uno que debía ignorar hasta lo humanamente posible. Su médico es un experto, ella es la señora de las plantas.
Nada volvió a ser lo mismo, por supuesto. Ella se ha enlentecido luego de la cirugía. De su máquina sale menos vapor, dice.

Ella no tuvo la más fácil de las vidas. Fue una madre soltera a los 25. Trabajó de vendedora, intentando criar a dos niños salvajes en una casa con goteras. Tuvimos unos años difíciles pero mi hermano y yo sabíamos que éramos amados incondicionalmente.

Mi madre heredó una fuerte ética de trabajo, y gran poder de resiliencia de sus años en una granja en Indiana. Sus padres vivieron casi un centenario; por ende mi madre está construida para durar, si solo pudiera superar su próximo desafío.

No puedo estar seguro de esto, pero creo que ella está apreciando el mundo más que nunca. Mi madre no es una señora de sociedad ni miembro de un club. Tampoco ha ido a la iglesia en un tiempo. Pero ella se interesa en todo y todos. A lo largo de su vida, los placeres mundanos le han parecido maravillosos. Un sándwich bien preparado merece una celebración. “La muerte no me aterroriza en lo más mínimo”, dice siempre.

Me preocupa que sus lentes de marco rosado se hayan transformado en vendas. Pero su actitud hace que el proceso sea más fácil para todos. Esa es una forma de cuidar. Es un obsequio de la persona enferma para aquellos que se preocupan por ella.

La llamé luego de su primera ronda de quimioterapia. “No fue nada”, reportó. “Duró bastante y me despertó el apetito. Así que después fuimos a comer y estuvo delicioso”.

Con el tiempo la quimoterapia la afectará. Perderá el cabello y su melódica voz se debilitará. Pero, ¿en algún momento se lamentará por ella misma? Creo que no sabrá cómo.

Como una persona analítica me resulta difícil ignorar la realidad médica, pero mi madre y su positivismo congénito es extrañamente persuasivo. Así que no tengo más opción que creerle: ella no está vieja, y no está enferma.
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