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TECNICO PREVENCIONISTA EN SEGURIDAD E HIGIENE INDUSTRIAL

9/5/11

La locura uruguaya


La creciente prevalencia que tienen en el país las enfermedades mentales se ve agravada por los malos tratamientos, el consumo de drogas y las situaciones violentas, como agresiones domésticas y rapiñas

Tiene frecuentes dolores de cabeza? ¿Duerme mal? ¿Se siente nervioso, tenso o aburrido? ¿Se asusta con facilidad? ¿Tiene sensaciones desagradables en su estómago? La respuesta afirmativa a preguntas de este tipo puede significar que hay algún desorden que le da vueltas en la cabeza. Y aunque eso no se considere “normal” y más de uno lo calificará poco menos que de loco, es usual en un país donde la salud mental no está debidamente cuidada y faltan estadísticas.

Según cifras proporcionadas por el psiquiatra y médico legista Humberto Casarotti, la prevalencia psiquiátrica estimada para la población uruguaya oscila entre el 12% y el 16%, alrededor de 400 mil personas. Pero otros estudios muestran que habría una cantidad aun mayor, y solo de enfermos depresivos. De todas formas, los números que hay le bastan al psiquiatra Álvaro Lista para afirmar que “las enfermedades mentales en Uruguay son muy prevalentes”, y la peor noticia es que “la mayoría (de los enfermos) está sin tratamiento adecuado”.

Alrededor de 400 mil personas consultan a un especialista (casi 12 veces la población diabética), 10 mil son internadas por un trastorno específico (la duración promedio es de 15 a 20 días) y 1.000 son institucionalizadas por año.

Al mismo tiempo, psiquiatras consultados por El Observador –en ocasión del IX Congreso Nacional de la Sociedad de Psiquiatría del Uruguay (SPU) celebrado esta semana– consideraron que aumentó “notoriamente” la demanda de asistencia psiquiátrica. Después de la crisis de 2002, aumentó la incidencia de cuadros depresivos, síndromes asociados a estresores psicosociales, sobre todo por actos violentos, y trastornos asociados a adicciones. Con todo, Lista adelantó un diagnóstico: “La situación social que vivimos, la incertidumbre, los cambios acelerados en variables psicosociales, la violencia social evidente, el abuso de drogas, nos estarían diciendo que las enfermedades mentales están en aumento y lo van a seguir estando en el futuro”.

Sin ánimos para sonreír

Para la Organización Mundial de la Salud (OMS), la depresión es un “trastorno emocional usual”, tan ordinario que afecta a 600 millones de personas, es decir, el 10% de la población mundial. No se produce por una tristeza común. Se debe a una interferencia constante entre las neuronas. Son cuatro los neurotransmisores que provocan los principales síntomas cuando disminuyen su cantidad en el cerebro. La dopamina es la responsable de que se sienta placer, la serotonina participa de la concentración, la noradrenalina es fundamental para la energía y la acetilcolina interviene en las funciones cognitivas. Una baja cantidad de estas cuatro hace que los enfermos depresivos pierdan la motivación y no tengan fuerzas para levantarse en las mañanas. Así lo relató Carmen, una enferma depresiva y con trastorno de pánico: “A veces no me quiero levantar, no quiero comer, no me quiero bañar. Me quedo más de dos días en la cama. Es paralizante” (ver página 4).

Aunque existe consenso entre los especialistas en entender a la depresión como una de las enfermedades más prevalentes en el país, no están de acuerdo en su magnitud. La falta de estudios epidemiológicos de toda la población uruguaya no contribuye a zanjar el diferendo.

Dos estudios realizados por Lista respecto a la incidencia de la depresión en los años 1998 y 2008 revelaron que la prevalencia de la depresión mayor pasó del 10,6% –una cifra similar a la de otros países en el mundo– al 15% de la población, es decir, alrededor de 510 mil personas. Sin embargo, Casarotti cree que “se ha exagerado” el fenómeno. En diálogo con El Observador, señaló que la población afectada oscilaría entre el 2% y el 3%. “Los trastornos del humor, que incluyen depresión con episodio único o recurrente, trastorno bipolar y ciclotimia, entre otros, afectarían al 4%”, estimó.

Uno de los problemas es que una ínfima parte de los enfermos recibe tratamiento. ¿Qué tan ínfimo? Solo el 12%, de acuerdo al estudio de Lista. No obstante, el psiquiatra argentino León Cohen, expositor del congreso, comentó a El Observador que más de la mitad de los diagnósticos y la mayoría de las prescripciones de fármacos están hecha por médicos generales. “Los cuadros leves salen adelante, pero no se descubren cuadros enmascarados”, opinó. Por tal motivo, los psiquiatras reclaman que los otros médicos reciban formación en salud mental.

Otro problema es que los especialistas perciben mayor incidencia de los trastornos del humor entre los jóvenes y un probable desencadenante sea el consumo de drogas. El psiquiatra Freedy Pagnussat, coordinador del Congreso, indicó que en los últimos años aumentó la presencia de enfermedades mentales asociadas a adicciones. La combinación de una sustancia y una disposición genética puede llevar a una psicosis crónica. “La vulnerabilidad psíquica de algunas personas hace que, sometidas a una sustancia que para algunos puede resultar inocua como el tetrahidrocannabinol (sustancia psicoactiva de la marihuana), para otros podría ser el desencadenante de una psicosis esquizofrénica. Esa sí es la locura”, explicó.

Por otra parte, la depresión es la causa de deserción laboral más frecuente en el mundo. La OMS reconoce que la afección es la primera causa de secuelas físicas transitorias y que para el año 2020 será la segunda para las permanentes. Asimismo, sus consecuencias se comparan con aquellas producidas por hipertensión arterial, diabetes o enfermedades coronarias.

Esa mala idea

La complicación más lamentable es que el 15% de los pacientes con trastornos del humor comete suicidio. Es el mismo riesgo para los alcohólicos, mientras que los esquizofrénicos registran un riesgo del 10%. Entre aquellos suicidas que no recibieron diagnóstico, los trastornos del humor subyacen en hasta ocho de cada 10 casos.

Uruguay es vicecampeón continental de suicidios: 17 cada 100 mil personas, solo superado por Guyana. El promedio mundial es de 11 cada 100 mil. En 2009, 537 personas acabaron con su vida; 95 tenían entre 10 y 24 años. El porcentaje de suicidio adolescente es otro récord amargo del país: ocupa el octavo puesto en el ranking mundial. Los trastornos de personalidad son los más relacionados con una prevalencia de entre 20% y 50% en el país.

Respecto a las tentativas de suicidio, se estima que se producen 10 veces más atentados no fatales para deliberadamente dañarse a sí mismos. El hijo de Carmen, quien padece un trastorno de ansiedad pero por más de cinco años se lo trató por bipolar, lo intentó varias veces, afortunadamente sin éxito, antes de cumplir los 18 años.

Las estadísticas indican que casi la mitad de los enfermos bipolares intentan al menos una vez quitarse la vida. La prevalencia de esta enfermedad ronda el 1% de la población uruguaya. Se trata de la oscilación entre la euforia y la depresión, pero como hay diferentes medidas, algunos psiquiatras elevan la prevalencia hasta el 10%. Con todo, se tarda 10 años en diagnosticar desde la primera consulta porque, a menudo, se la confunde con la depresión, los episodios son cíclicos y casi ningún paciente asiste al médico porque esté eufórico.

Vivir con miedo

Psiquiatras consultados por El Observador afirmaron que, si bien no se tienen cifras al respecto, perciben un aumento significativo de trastornos mentales que tienen origen en un acto de violencia, en particular, después de la crisis de 2002. “Es increíble la cantidad de pacientes que estamos atendiendo por estrés postraumático vinculado a un asalto que han sufrido en su profesión”, dijo Pagnussat. Se trata básicamente de trabajadores del transporte y comerciantes. Pero también creció el número de víctimas de violencia doméstica. Lista sostuvo que no hay vuelta atrás. “Es claro que vamos a ver un aumento de todos los síndromes asociados a estresores psicosociales”, manifestó.

Un cuadro típico es el síndrome de estrés postraumático. La “vedette de la posmodernidad”, calificó Cohen, especialista en esta patología, quien destacó el impacto de la globalización y el terrorismo. Se trata de una respuesta anómala a la exposición de una situación que desborda al individuo.

Una violación eleva el riesgo de desarrollar estrés postraumático en 49 veces, ser víctima o testigo de violencia doméstica lo eleva en 40 veces, y los ataques violentos lo hacen en 20,9 veces.

Los enfermos son personas que desarrollan ansiedad y depresión, que padecen desorganización en el razonamiento y sufren de parálisis, incluso total, en el accionar. Reviven el trauma, no duermen de noche, o se despiertan de madrugada. Pagnussat agregó que el miedo que sienten “los inhabilita a enfrentar ya no solamente su tarea, sino sus tareas cotidianas, hasta para salir de la propia casa”. Esa es la historia de Joaquín. En tres años como conductor de Cutcsa fue asaltado ocho veces, además de sufrir incontables arrebatos. Todos con un arma blanca rozándole el cuello. “Estoy esperando la puñalada”, relató.

Cuando el evento desencadenante proviene del mundo exterior (como una rapiña), Cohen insiste en que el trastorno sea llamado “de lo disruptivo”, puesto que el concepto tradicional de estrés postraumático no considera la causa externa, pero se lo ha utilizado por ser “lo más parecido”. “En pleno corralito en 2001, ¿dentro de qué cuadro psiquiátrico cabían las alteraciones de la gente?”, increpó.

La psicoterapia y una combinación de ansiolíticos y antidepresivos contribuye a superar el cuadro clínico que, en general, se extiende entre tres meses y un año. Sin embargo, el miedo queda latente y la persona puede desarrollar depresión o un trastorno de ansiedad de forma permanente.

Según un estudio de la OMS, el antecedente de violencia doméstica triplica la posibilidad de presentar estrés postraumático. En este contexto, las mujeres tienen niveles más altos de ansiedad y sus ideas de autoeliminación son de 1,5 a 3,5 veces más frecuentes y los intentos de suicidio hasta cinco veces más.

El trastorno de ansiedad generalizada y el trastorno de pánico acompañan al estrés postraumático en el camino hacia la cima de la demanda psiquiátrica, porque, añadió Pagnussat, un ritmo de vida agitado “nos predispone” a ello.

El primero es incluido en el grupo menos grave de los trastornos de la personalidad, un conjunto de perturbaciones en las dimensiones emocionales y de relación social de los individuos. Comprenden distintos cuadros desde el trastorno límite de la personalidad a la personalidad paranoide o esquizoide. Según Casarotti, se estima que en conjunto pueden alcanzar hasta el 12% de la población, aunque prefiere manejarse con “números cautos”: 5%.

Lo que se sabe es que el trastorno de ansiedad es cuatro veces más común que el de pánico y tres veces más frecuente que la fobia simple. Por cada dos mujeres afectadas, solo hay un hombre y, por lo general, se instala alrededor de los 20 años. Se trata de un estado de ansiedad crónica (de al menos seis meses de duración) y preocupación excesiva y difícil de controlar.

Los psiquiatras cada vez tratan a más personas con antecedentes de actos violentos. Para Casarotti, esto es ejemplo de la reciente “psiquiatralización” de la psicología que lleva a más pacientes al consultorio pero que, desde el punto de vista de salud mental, son personas sanas. “La casi totalidad de los actos agresivos y violentos es decisión de personas mentalmente sanas. El encare de la violencia y su prevención es una cuestión social y no médica”, dijo.
OBSERVADOR
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