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TECNICO PREVENCIONISTA EN SEGURIDAD E HIGIENE INDUSTRIAL

19/1/11

POR UNA LONGEVIDAD POSIBLE

Científicos coinciden acerca de la capacidad del ser humano de vivir aproximadamente 125 años, sin embargo, el promedio mundial de esperanza de vida es de 66,5. Nutricionistas, cardiólogos y genetistas aseveran que la longevidad se funda en una conjunción de factores genéticos y otros que pueden ser controlados por el hombre, como la dieta y el ejercicio, entre otros.
Por Brunella Tedesco, de Espectador.com

Existen teorías orientadas a determinar las causas del envejecimiento, algunas de las cuales destacan que dicho proceso acontece como resultado de la pérdida de células, la disminución de la función de éstas y el deterioro de la comunicación entre éstas y los órganos. A pesar de que parte de la atención científica se centre en develar el porqué del envejecimiento, la mayoría de ésta pretende descubrir procedimientos para retardarlo. No se puede obviar este proceso, pero sí tomar medidas referidas a la dieta y al estilo de vida que pueden aumentar la esperanza de vida.

Actualmente se realizan investigaciones cuyo objetivo primordial es la búsqueda de alternativas para aumentar la esperanza vital a través de elementos como la hormona del crecimiento, la restricción calórica, los antioxidantes, la minimización del consumo de insulina, entre otros. No obstante, la existencia de mejor atención médica, dietas más balanceadas y sociedades más tranquilas en los países ricos inciden en la esperanza de vida de sus pobladores, mientras que los países pobres se ven condenados por las posibilidades menores de atención médica, mayores peligros de epidemia y dificultad en el acceso a alimentos.

Hoy en día existe un consenso entre los científicos, quienes aseveran que el organismo del ser humano tiene, inherentemente, la capacidad de mantenerse sano y activo durante aproximadamente 125 años. Sin embargo, factores exteriores, como la alimentación y las relaciones con el entorno, hacen que esa longevidad natural que surge desde la misma naturaleza de los individuos rara vez pueda lograr su designio.

En Uruguay, la esperanza de vida al nacer de ambos sexos, como promedio, es de 75,63 años, notándose una diferencia de casi diez años entre los hombres (71,96 años) y las mujeres (79,48 años). Dicha esperanza de vida se ve afectada por elementos como la hipertensión, la obesidad, el tabaquismo, el sedentarismo y patologías diversas.

Horacio Vignoli, internista de UCM, considera que la esperanza de vida “nos condiciona socialmente (...) es un suicidio biológico para el que ya estamos preparados”. Son cifras que no solamente se refieren a cuánto se puede vivir, sino que también hablan de la calidad de vida de un país.

De 45 años en adelante, según cifras de la Organización Mundial de la Salud, las causas más usuales de mortalidad en Uruguay son las enfermedades cerebrovasculares (12,24 %), las enfermedades isquémicas del corazón (9,34%), la insuficiencia cardíaca (4,24%), neoplasia maligna de la tráquea, de los bronquios y del pulmón (4,09%), y la Diabetes melitus (2,45%). Existen, asimismo, diferencias entre las causas según el sexo, pudiéndose ejemplificar que el Alzheimer en las mujeres es causa de muerte en un 3,88%, mientras que en los hombres en un 1,35%.

Mario Zelarayan, cardiólogo y prevencionista, miembro de la Comisión Honoraria para la Salud Cardiovascular, considera la existencia de tres elementos fundamentales para asegurar no sólo una mayor esperanza de vida, sino una mayor calidad de ésta: el abandono del tabaquismo, el ejercicio físico y la alimentación saludable. Zelarayan, en diálogo con Espectador.com, hizo énfasis en este último punto, en tanto que, a pesar de que Uruguay tenga un alto consumo de carne, descuida la ingesta de pescado y frutas. Asimismo, aseveró que las rutinas alimenticias necesitan ser revisadas, ya que se tiende a obviar el desayuno, almorzar poco y cenar demasiado, lo cual llevó al cardiólogo a afirmar que “no nos alimentamos bien, en calidad ni en cantidad”.

Vignoli, por su parte, recomienda, en tanto que medidas preventivas que puedan asegurar la vitalidad, la realización de controles médicos cada dos años y chequeos de sangre, azúcar y cardiovasculares, como también los respectivos chequeos por parte de las mujeres.

La longevidad está determinada conjuntamente por la genética del individuo y por factores externos que pueden incidir en su esperanza de vida. Debido a esto, aunque el genoma de un individuo indique cierta edad a la cual éste puede llegar, la injerencia de elementos ambientales negativos pueden frustrar tal meta. Mario Stoll, perteneciente al área de genética cardiovascular de la Comisión Honoraria para la Salud Cardiovascular, sostiene que la actividad genética puede ser modificada con la medicación, la comida, el ejercicio.

Stoll señala que los cententarios tienen alelos, formas del gen, con estructura más moderna, lo que los hace más capaces de adaptarse a las situaciones que se viven en el mundo y convierte a “los más viejos en los más jóvenes, genéticamente hablando”. Asimismo, los longevos tienden a mantener los marcadores biológicos de presión arterial, glucosa en sangre, colesterol bueno y malo, en rangos adecuados. Estos alelos “modernos” son heredables y muestran una frecuencia de 2% en la población mundial.

El cambio del genoma humano es más lento que el cambio del entorno en el que se vive, por lo cual no todos los individuos poseen genes que estén adaptados a las nuevas coyunturas globales. Dicha inadaptación entre los genes y el ambiente conlleva a la propagación de cáncer, diabetes e hipertensión, enfermedades poligénicas y multifactoriales, en las que los factores genéticos se combinan con los ambientales, ya sean internos o externos al individuo. Debido a esto, conocer la historia familiar y la genómica individual es esencial para prevenir posibles padecimientos y disminuir el riesgo que el entorno y los hábitos propios pueden llegar a significar.

En pos de vincular dos rasgos de la longevidad, lo genético y lo ambiental, el área de genética de la Udelar, en convenio de colaboración con la Sociedad de Gerontología y Geriatría, busca desarrollar un bio-banco con muestras de sangre de individuos centenarios cuyos ADN revelen la interacción de la calidad de vida y de la determinación genética.


El proyecto tiene una escala regional, al incluir a Chile, Perú y Argentina bajo la red del Comité Latinoamericano de la Asociación Internacional de Gerontología y Geriatría. Según Bernando Bertoni, del área de genética de Udelar, existen alrededor de 300 individuos centenarios en Uruguay, un porcentaje relativo que se mantiene en todas las poblaciones mundiales. El proyecto, que comenzó hace un mes, intenta demostrar las múltiples causas que dan lugar al envejecimiento, proceso en el que está involucrado todo el organismo.

Se pretende recabar todos los datos posibles acerca de la vida del individuo, como su tipo de dieta, su consumo de azúcares y de grasas, enfermedades que haya tenido, actividad física, entre otros, para así hallar variantes en sus genes y en la estructura de su ADN que puedan ser correlacionados con la longevidad.
Desde el plano de la psicología, Leticia Vignone, psicóloga y miembro de la Sociedad Uruguaya de Gerontología y Geriatría, destaca que el pasaje de la actividad a la inactividad es uno de los factores que más inciden en la psiquis del adulto mayor.

Se nota, en dicha franja etaria, una alta incidencia de la depresión, generada por la tristeza de la pérdida de rol familiar y laboral. Dicha depresión generalmente se manifiesta anteriormente en la vida del individuo y vuelve a aflorar con más peso en la ancianidad.

Vignone sostiene que las personas menos propensas a deprimirse son aquellas que tienden a mantenerse activas, que poseen una personalidad inherentemente optimista y que siguen generando proyectos y aprendiendo. También tiene importancia la existencia de un entorno facilitador, con personas que contengan, apoyen y motiven la actividad del sujeto.

La pertenencia a grupos y a redes sociales en los que los individuos interactúen con personas de la misma franja etaria y con los mismos intereses colabora en la mitigación del malestar psicológico que el individuo pueda padecer.

Aquellas personas con mayores prospectos en su vida tienen mayor probabilidad de una vida más larga. Asimismo, la soledad puede llegar a tener un impacto negativo sobre la salud, evidenciándose que quienes tienen pareja generalmente viven más que los solteros.

En lo que se refiere al aspecto dietario, un grupo de investigación de la Universidad de Navarra, España, sostiene que una dieta hipocalórica, baja en calorías, activa un grupo de enzimas comúnmente denominadas “gen de la longevidad”, las sirtuinas. Estas enzimas permiten disminuir la oxidación de las células, lo cual avala la prevención del desarrollo de enfermedades degenerativas y el retraso del envejecimiento, y, según descubrimientos recientes, el resveratrol, compuesto encontrado en las uvas negras, el vino tinto y las nueces, logra reactivar el funcionamiento de las sirtuinas.

Por otra parte, en la Escuela de Salud Pública de Harvard, EEUU, investigadores determinaron que los elementos predominantes de la dieta mediterránea, el consumo moderado de vino durante las comidas, el bajo consumo de carne, el alto consumo de frutas, verduras, nueces, aceite de oliva, permiten asegurar la longevidad.

Los vegetales y las frutas son portadoras de carotenoides, sustancias que actúan como antioxidantes y contrarrestan los daños del ADN relacionados con el oxígeno, las proteínas y las grasas. En un estudio de los Centros de Control y Prevención de las Enfermedades en Atlanta (EEUU), 15.318 adultos participaron con exámenes médicos y muestras de sangre desde 1988 a 2006, notándose que el riesgo de mortalidad era menor para quienes tenían mayores niveles de alfacarotenos, un tipo de carotenoide, en la sangre. Dicha mayor concentración de alfacaroteno también pudo asociarse a un menor riesgo de muerte a causa de enfermedades cardiovasculares o cáncer.

El alfacaroteno se halla en vegetales de colores amarillos y naranjas, como las zanahorias, los boniatos y las calabazas, como también en vegetales de color verde oscuro, como la espinaca y el brócoli. El alto nivel de esta sustancia en la sangre significa una ventaja antioxidante que puede retrasar la muerte en 14 años.

El alargamiento de la vida, mitificado bajo elíxires y fuentes que brindan vitalidad eterna, puede ser alcanzado con la mera voluntad del individuo, capaz de generar hábitos que sean benéficos para su organismo, en el cual la genética no logra determinar todo.

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